¿Puede la palabra ser una herramienta terapéutica para el tratamiento del dolor?


¿Puede la palabra ser una herramienta terapéutica  para el tratamiento del dolor?

(Can the word be a therapeutic tool for pain management?)

 

Unai González Caño


 

Resumen

El lenguaje, es la representación comunicativa más extendida y utilizada por el hombre, dentro del marco expresivo humano. Su uso como marco social de interacción entre nuestros semejantes, es la expresión más fiel de los pensamientos y acciones cognoscitivas mentales en el individuo. Por ello, solo los pensamientos objetivos son propiamente comunicables a los demás, siendo estos pensamientos y sus experiencias, pertenecientes al lenguaje público y aprendidas socialmente; lo que permite hacer partícipe al otro en el nombramiento de las sensaciones que cada individuo siente. Wittgenstein, asevera que las sensaciones se pueden nombrar. Pero que solo pueden poseer su lugar, en el ámbito del lenguaje privado y que aprendemos a nombrarlas públicamente. De aquí se desprende que, la expresión del dolor y el sufrimiento de un paciente diagnosticado de dolor crónico, solo pueda ser vivido y experimentado en el ámbito privado del que lo padece. Esta circunstancia presenta dificultades en la narrativa de su vivencia frente a otras personas; en este caso, profesionales de la salud. La expresión lingüística dolor, manifiesta la sensación dolor per se y no una conducta. Por ello, los pacientes con dolor crónico y complejo, sí sienten y viven el dolor. Pero dentro de un contexto aprendido socialmente, sobre todo a nivel del núcleo familiar y basado en una teoría experiencial, con un gran componente determinista de la propia etimología del término.

 

Palabras clave: dolor, lenguaje, representación social, experiencia, palabra.

 

Abstract

 

Language is the most widespread and used communicative representation by man, within the human expressive framework. Its use as a social framework for interaction between our fellow human beings is the most faithful expression of mental cognitive thoughts and actions in the individual. Therefore, only objective thoughts are properly communicable to others, being these thoughts and their experiences, belonging to the public language and learned socially; allowing the other to participate in naming the sensations that each individual feels. Wittgenstein asserts that sensations can be named. But that they can only have their place, in the field of private language and that we learn to name them publicly. From this it follows that the expression of pain and suffering of a patient diagnosed with chronic pain can only be lived and experienced in the private sphere of the patient. This circumstance presents difficulties in the narrative of their experience in front of other people; in this case, health professionals. The linguistic expression pain, manifests the sensation pain per se and not a behavior. Therefore, patients with chronic and complex pain do feel and experience pain. But within a socially learned context, especially at the level of the family nucleus and based on an experiential theory, with a large deterministic component of the term itself.

Key words: pain, language, social representation, experience, word.

 

 

1. Introducción

 

Como cualquier filósofo que se digne, y más sí se dedica como especialista sanitario en la atención de pacientes con dolor crónico; el abordaje en el uso pulcro y cuidadoso del lenguaje ha de ser, una de las piedras angulares que figuren dentro del estudio de la filosofía y a su vez en el terreno de la lingüística. El lenguaje como medio de comunicación y de representación simbólica ya desde milenios, y como herramienta que nos hace humanos, ha sido y sigue siendo considerado por los lingüistas como el medio inicial de la humanización del hombre. (Ribes-Iñesta, 2010)

 

El sapiens, si por algo nos caracteriza, es por la evolución en la ganancia de centímetros cúbicos de capacidad encefálica. Este hecho, se acompaña de una característica que permitió al hombre ser inteligente o racional mejorando como especie, en relación al resto de grupos que habitan este planeta lleno de vida y simbiosis.

 

El lenguaje, permite la relación entre iguales así como el conocimiento del “otro”. Fuera del contexto cultural e idiosincrasia propias del individuo, le permite avanzar en su autoconocimiento y toma de conciencia de uno mismo. Por ello, ha trasladado ese interés de estudio no solo a filósofos de todas las épocas; sino al estudio por parte de lingüistas, filólogos, biólogos, antropólogos, y un sin fin de especialidades determinadas con el sufijo – logos. Como base de la razón, pero también entendida etimológicamente como el habla, o la palabra (ibid).

 

Por ello, podemos ver como el estudio de la palabra, del lenguaje, del logos; viene implícito dentro de estas profesiones que se han interesado y continúan aun, en su arduo estudio sobre el mismo nexo común que es la comunicación a través del uso del lenguaje. En el ámbito sanitario, los pacientes narran y los profesionales escuchamos. Es un mero contrato socialmente aceptado y evidente, a pesar de que en una inmensa mayoría de los casos, los pacientes manifiesten que no son escuchados o adecuadamente interrogados por su especialista.

 

Ya lo decía el Doctor Don Gregorio Marañón; la mejor herramienta de un médico es la silla. Escuchar es lo primero y lo último que ha de hacer un especialista. El arte de escuchar, que en inmensidad de veces nos han mencionado en las clases de la universidad, como referente a lo que hemos de emprender cuando un paciente entra en consulta; parece no ser del todo la mejor herramienta que disponemos, pero de la cual no hacemos uso.

 

La narratología, es la trama la cual utiliza el paciente en orden más o menos cronológico, para expresarnos y hacernos participes de los diversos acontecimientos presentados por él mismo como actor principal, en su vivencia experiencial de dolor. Este conjunto de acontecimientos vividos en la historia en un orden causal y temporal, es donde transcurre la vida del padeciente (paciente que padece). Es la mayor herramienta de la cual disponemos a la hora ya no solo de interrogar a un paciente, sino de abordar su patología.

 

Parece extraño más hoy en día, que nos interesemos por los modos de expresión y el lenguaje en el abordaje y tratamiento posterior de un paciente. Pero la ciencia y el conocimiento más actualizado, parecen que nos están empujando inexcusablemente hacia un cambio de paradigma en el tratamiento no físico ni farmacológico de los padecientes con dolores crónicos y complejos.

 

El dolor según la International Associaction for the Study of Pain (IASP), lo define como “una experiencia sensitiva y emocional desagradable. Asociada a una lesión tisular real (del tejido) o potencial (es decir, que aun no se ha producido tal lesión o no existe). Ello implica que los pacientes con dolores crónicos o complejos; muchos de ellos no manifiestan una lesión, pero si narran una experiencia dolorosa.

 

Si observamos la definición de la IASP, es una “experiencia”, “emocional”. Que se encuentra registrada en la mente (experiencia), y el individuo lo vive (y nos lo relata) como algo desagradable a nivel emocional. Si atendemos a estos dos últimos párrafos, se nos está diciendo que: primeramente, el sujeto vive algo desagradable pero que no tiene por que haber un daño físico, de ahí que se les maltrate desde la sanidad como “locos”, “cuentistas”, “lacras sociales”, y se les termine confinando en sus casas, con una pensión y con el estigma de enfermos: cuando no lo están de forma orgánica ni psiquiátrica.

 

Segundo, la relación como se ha citado más arriba de la experiencia vivida y adquirida de ese dolor, es aprendida en contextos sociales cerrados. En este caso, siendo el núcleo familiar el principal causante de que, en el futuro, tengamos hospitales enteros llenos de personas con dolores “no imaginados” como se relata en Le malade imaginaire de Molière. (El enfermo imaginario. Molière, 1673)

 

¿Entonces?, ¿Qué es lo que quiero decir con todo esto?, ¿Qué relación tiene la palabra como herramienta terapéutica en el tratamiento del dolor? Pues bien, el dolor se aprende dentro de un contexto sociocultural de creencias. Este aprendizaje, es transmitido por el simbolismo que adquiere la observación de los comportamientos de los representantes de poder figurado en los padres. El medio de aprendizaje es la observación de patrones comportamentales y la vía de transmisión, el lenguaje.

 

El lenguaje por tanto, es un medio utilizado para la relación como se ha citado al principio de la introducción. Pero también de transmisión de conocimiento, sea este adecuado o disruptor. Pero si a través del lenguaje, podemos instaurar dolor en una persona; también por medio del uso de este, podemos descondicionar la vivencia que nos narra el paciente. Adquiriendo entonces el lenguaje, el estatus de herramienta terapéutica. Véase los psicólogos como principales usuarios de la misma.

 

Por tanto, igual que el dolor se aprende dentro de un contexto social, se puede desaprender por el mismo uso del lenguaje. Aquello que expresamos, no es más que la representación simbólica cognoscitiva que poseemos arraigada en nuestra materia gris. Y, por tanto, aquello que se aprende se puede desaprender. Siempre y cuando sepamos hacer uso de un correcto lenguaje.

 

En los siguientes apartados, se desarrollará el concepto de “marco” (Bateson, 1972), basado en la noción de “juego de lenguaje” de Wittgenstein; a partir de las interacciones reiterativas en la generación de los marcos del lenguaje. Permitiendo de este modo, estudiar y analizar el significado del mensaje emitido por el paciente. Posibilitando desentrañar aquellas incoherencias o distorsiones en su narrativa, de modo que se produzca un mejor acceso al conocimiento del significado del mismo por parte del profesional.

 

También se tratará de forma introductoria, debido a que en este artículo no se puede explicar un concepto tan amplio como a este se refiere: de la Terapia Narrativa de Martin Payne (Payne, M. 2002), donde se presta atención particular a la precisión lingüística, para que el lenguaje no termine distorsionando la comprensión del paciente, a la hora de elaborar nuestras explicaciones en su abordaje terapéutico.

 

Por último, y no por dejarlo a modo concluyente, el lector podrá encontrar la alusión que se hace a Wittgenstein sobre el estudio del lenguaje. Concretamente al período conocido como segundo Wittgenstein, ayudando a comprender el modo de narración y lenguaje utilizado por el paciente. Pudiendo asistir mejor a desdramatizar su experiencia dolorosa.

 

 

2. Construcción codificado del lenguaje en consulta

 

Como Bateson señala en su obra Pasos hacia una ecología de la mente (Bateson, G. 1972); la cuestión no es analizar el significado del mensaje codificado tras el uso de una palabra. Más bien a través de la narración lingüística del paciente, poder llegar a conocer el significado del código. El código de expresión de la persona que adolece. Esto es, un sollozo, unas lágrimas, una facies (aspecto del rostro) de sufrimiento o cualquier representación de que la persona se encuentra padeciendo. Porque el paciente no sufre, padece.

 

La persona, cuando acude a consulta, viene con unos marcos aprendidos a nivel familiar. De lo que se trata es que el paciente aprenda un nuevo marco conceptual que se corresponda con otra explicación del dolor; cambiando la narratología por ese cambio de marco. Dicho cambio, evidencia reestructuraciones a nivel cognoscitivo reforzando el nuevo marco aprendido, eliminando el patrón anterior. De facto, la persona permuta su narración del dolor, logrando desdramatizar la experiencia, disminuir el catastrófico y por ende, cambiar su subjetividad expresiva experiencial del patrón álgico.

 

Lo interesante en primer término sería interpretar el significado, siendo este un sinónimo de patrón, información o restricción. Por tanto, se ha de establecer la información que incluye el significado que el paciente establece sobre su dolor. El dolor particular e individual de su experiencia como persona única.

 

De este modo, la persona emite una información de que no se encuentra bien al profesional sanitario. Este mensaje de que no está bien y que algo le sucede, sobre todo y casi siempre, es dolor. El dolor es una experiencia subjetiva, imposible de medir empíricamente a pesar de que se utilizan escalas validadas pero que al fin y al cabo, no aportan nada de información.

 

Esta emisión de información por parte del paciente hacia el receptor o profesional; crea una redundancia para un tercer profesional, por ejemplo al que se le envíe una copia de un informe médico para otra valoración. O a un juez en el caso de que se requiera una valoración para una discapacidad, ente otros posibles ejemplos.

 

Entra en juego una tercera persona que no son ni el emisor del mensaje o paciente ni el receptor o profesional. En este “juego de lenguaje”, la información o mensaje estaría dotado de un patrón mayor, como pueda ser la cultura, la idiosincrasia de la persona. Por ello, la información que un paciente verbaliza sobre su dolor, siempre es mayor, por ese “juego del lenguaje” entre los actores principales de la escena en la clínica. Esa información como un mundo superlativo dentro de la experiencia propia del enfermo.

 

En este contexto, se puede advertir como sí el profesional conoce y confía en la veracidad de lo que su paciente le relata; se podrá realizar una conjetura sobre el dolor que el paciente manifiesta. Así, los profesionales solemos o nos gusta demostrar, que nuestras conjeturas con acertadas y entendemos la narración del enfermo.

 

En esta línea, la estructura jerárquica de los sistemas de comunicación, acontecen en el hecho de que exista o no conformidad entre las partes que conforman dicha comunicación. Emisor y receptor, o paciente y profesional, se encuentran dentro de un patrón que puede resultar per se solo informativo, siempre como parte de un todo mayor. De facto, se establece entre ambas partes, un criterio formal para separar lo que sería la “codificación arbitraria” de la parte verbal del lenguaje, del código icónico de la representación que el paciente establece sobre su vivencia dolorosa.

 

“La descripción verbal es muchas veces icónica en lo que representa a una estructura mayor. Lo que nos relata un paciente sobre su dolor, es muy inferior a lo que su estructura en verdad representa de un modo muchos más amplio, rico en contexto y en significado”. (Bateson, 1972)

 

 

3. Terapia narrativa: el lenguaje como modelo propedéutico y terapéutico.

 

La narración, fomenta que las descripciones aisladas puedan aglutinarse aportando más riqueza si cabe al propio acto de contar. En terapia, esto se observa y utiliza como materia prima y base en la cual apoyarse en primera y en última instancia.

 

Por ejemplo, se presta atención particular a la precisión lingüística, ya que el lenguaje puede emborronar o distorsionar la experiencia que el paciente relata, condicionando de este modo ese hábito y la forma en la que la persona actuó o sintió; pero siempre será considerada esta narrativa como una herramienta terapéutica. (Payne, 2002)

 

Así, el lenguaje del que se sirve el paciente, es de enorme importancia para el profesional. La palabra es de una relevancia enorme, hasta tal punto que puede llegar a representar el mundo del individuo. (White, 1995). El terapeuta, emplea un lenguaje que permite evidenciar como el problema de la persona que acude en ayuda, tiene efectos sobre su vida, en vez de ser parte de esta. A este hecho, se denomina externalización del problema. Un ejemplo claro de esta circunstancia es: el dolor te cambió aspectos de tu vida, que no es lo mismo que decir, tu vida es dolor y sufrimiento.

 

De este modo, se permite a la persona distanciarse de los problemas, permitiéndola ver como el dolor es producto de las circunstancias y no como parte de la personalidad del individuo o de su psique. El dolor se encuentra registrado y procesado entre los componentes neuroanatómicos cerebrales. En este aspecto, observando como la experiencia de dolor no es un reflejo de la psicología de la persona, sino algo que se construye; el dolor también es construido por los aspectos socio-económico-culturales e ideológicos de marcos del individuo.

 

En esta línea, los factores sociales, políticos y culturales afectan a las vidas de las personas. Se ha de explicar al sujeto de que no es su psicología, o su forma de ser, la que está produciendo su vivencia del dolor. Son otros factores externos los que provocan su vivencia dolorosa. Permitiendo librarse de la culpa y la autocensura que experimentan y narran.

 

Un caso clínico a modo de ejemplo, es el de la señora M. M, acudió a consulta por dolores musculares a nivel general, con síntomas digestivos, somnolencia, apatía, ansiedad y depresión. Los médicos y demás profesionales de la salud incluidos de terapias alternativas a los que acudió; la diagnosticaron de fatiga crónica. Sus síntomas se agravaron con el trascurrir del tiempo y finalmente, fue remitida a psiquiatría por el cuadro ansioso-depresivo que padecía a consecuencia de los años de sufrimiento de tal estado.

 

La sola idea de tener que vivir el resto de su vida con dolor, fatiga y la sensación real de que la gente no la creía, incluidos los profesionales por los que había peregrinado; terminaron desencadenando que se encerrase en si misma, perdiese toda su vida social, y se auto-excluyera y confinase en su domicilio.

 

En consulta, la forma de narrar su dolor, era como algo normal. Su experiencia subjetiva de dolor necesitaba de la narración, ya que su expresión “siento dolor” no bastaba. La sensación de dolor es privada y no se transmite de forma adecuada dentro del marco aprendido en el domicilio. Es decir, su dolor había sido aprendido públicamente en el entorno familiar como algo normal que existe y sobre el cual no se puede hacer nada. Su hermana mayor y su madre antes que ella, se habían mantenido y continuaban a día de hoy, confinadas en la cama sin llegar a levantarse tan siquiera para realizar sus necesidades.

 

Con este escueto ejemplo, se evidencia como el patrón doloroso de la paciente, había sido aprendido como algo normal dentro de un contexto familiar público, pero vivido en el terreno de lo privado. Este no es el único ejemplo, ni lo será, de la inmensa cantidad de personas que padecen de dolores específicos e inusuales y que son relegados a un segundo plano desde los estamentos sanitarios.

 

Por ello, aprendemos a clasificar el dolor de una forma pública, generándose un marco particular en cada individuo, pero la sensación de dolor continua siendo privada y puede no transmitirse adecuadamente con el marco aprendido. Para entender la experiencia subjetiva, necesitamos de la narración. Porque verbalizar la vivencia dolorosa no es suficiente. Explicar a los pacientes las causas de tal dolor, permite desdramatizarlo, generando un nuevo marco y mejorando e incluso llegando remitir los síntomas que nos relatan.

 

 

4. Wittgenstein y la clarificación del lenguaje

 

Wittgenstein es considerado como uno de los filósofos más importantes del siglo XX. Conocido por su importante influencia en muchos ámbitos, el más destacado, en el área de la filosofía del lenguaje o lingüística.

 

En su vida y filosofía, se pueden destacar dos etapas, fruto de la evolución como persona y como intelectual. La primera, denominada primer Wittgenstein, donde abordó la relación entre lenguaje, pensamiento y realidad. Y una segunda etapa transcurridos ya treinta años, denominada como segundo Wittgenstein, donde ultimó una concepción del lenguaje desde una perspectiva de aprendizaje de las normas de la lingüística.

 

En este ensayo, se aborda el segundo Wittgenstein tras su “giro lingüístico” y su relación con el tema de este trabajo; el lenguaje como herramienta terapéutica en la experiencia del dolor. De este modo, el aprendizaje de la palabra “dolor” no conlleva aprender las reglas de la lógica formal. Tan solo aprender que, en la conducta pública, llamamos “dolor” a la sensación de dolor. Poder ahondar en la experiencia y narrativa del dolor que los pacientes argumentan en consulta, es su objetivo.

 

En esta misma línea, Wittgenstein mantiene que el significado de una palabra es su uso en el lenguaje. El significado de una palabra, depende de la forma en que es usada dentro de un contexto específico, y cuando uno sabe cómo utilizar determinado vocablo, entonces es capaz de conocer su significado contextualizado.

 

A la postre de lo que Wittgenstein argumenta, en relación a que la gente sabe cómo usar una palabra correctamente, y también cuando es utilizada de forma inadecuada; los pacientes cuando relatan su experiencia dolorosa están usando en muchos de los casos, una forma malinterpretada de la palabra dolor. Con ello, me refiero y como argumenta Wittgenstein, que la palabra es utilizada dentro de un contexto cultural o social específico, o lo que el filósofo austriaco denominó “formas de vida”.

 

La idea de Wittgenstein es que aprendemos el concepto de dolor desde una vertiente social aprendida a nivel público. Sin embargo, contradiciendo su idea, el dolor no puede expresarse públicamente ya que es un hecho que solo puede ser manifestado a nivel privado. Por este motivo, la palabra puede ser utilizada como herramienta terapéutica, debido a que se basa en la expresión y comprensión desde un lenguaje enteramente privado y no público. La palabra, es un instrumento sanador en el tratamiento del dolor, porque la palabra incide en la forma en como el paciente narra el dolor y como lo comprende desde nuestra perspectiva curativa.

 

El uso de la palabra dolor, en el caso de un paciente, se refiere a una forma de comunicar a los demás, como uno se siente orgánica y emocionalmente cuando sufre. A la postre de lo que Wittgenstein argumentó en el Tractactus donde la palabra representa un objeto o cosa en el mundo; el significado de la palabra dolor no proviene del objeto o cosa que representa. Sino más bien del mundo experiencial y condicionado por aprendizaje social (familiar) del padeciente dentro de un contexto.

 

Así, la palabra gana significado concreto o particular dentro del contexto social donde es utilizada. Dependiendo de cómo es empleada en tal situación, es donde finalmente la palabra dolor pueda tener un significado real; tanto para la persona como para el profesional que le atiende.

 

Este hecho es importante en tanto en cuanto, la compartición del uso significativo de la palabra, es empleada por más de un individuo y no solo por el propio padeciente. Sin embargo, hablamos de que el dolor es una experiencia subjetiva, por lo tanto, no puede ser compartida en un contexto público o social, sino que permanece dentro del mundo privado de la persona.

 

El dolor, pertenece al individuo y por ello no puede ser compartido. Por este motivo, es tan difícil poder establecer unos criterios diagnósticos y de tratamiento del dolor. Y más si se me permite la diligencia, de creer al paciente tanto dentro como fuera del contexto hospitalario o clínico.

 

En la misma línea, el lenguaje privado carece de significado ya que no es compartido socialmente. Para que el lenguaje sea significativo, ha de tener un carácter público. De ahí se desprende la situación de que muchos pacientes, terminen sufriendo dolor toda su vida denominándoseles enfermos crónicos.

 

Del mismo modo que se puede percibir una semejanza de familia, entre ciertos sujetos que conforman dicho núcleo familiar; se puede ver intuitivamente un “aire de familia” entre ciertas actividades sociales. En estas actividades, es característico en la experiencia y manifestación narrativa del dolor que padece una persona. Por eso, denominamos que el dolor crónico y complejo se manifiesta en familias, y se aprende. Por tanto, si se aprende en un contexto familiar cerrado, puede también desaprenderse. Este es el principio de la terapia en pacientes con dolor crónico y complejo; desaprenderlo.

 

Este reconocimiento no tiene porque ser un proceso totalmente consciente, que es lo que suele suceder cuando se le explica lo que significa el dolor al paciente. Por tanto, una vez se le explica y se le hace partícipe de su dolor y los mecanismos de aprendizaje y manifestación del mismo; el propio individuo se da cuenta de cómo ha aprendido en ese contexto privado a sufrir un dolor y hacerlo perpetúo.

 

En este sentido, perpetuo o crónico cree el padeciente que no ha sido capaz de aprender en otro contexto, lo cual se le manifiesta cognitivamente como algo que es normal y que ha de padecer y que nunca mitigará.

 

Por tanto, independientemente del contexto familiar, el enunciado no tiene significado. Fuera de la familia en la cual el paciente aprende que es el dolor y que es el sufrimiento; se da el hecho de que no tiene significado cuando se externaliza al ámbito público. El sujeto, por tanto, es juzgado por los demás que han crecido y desarrollado en contextos no patológicos a nivel relacional familiar.

 

Por ello, las palabras o los enunciados, no son etiquetas que corresponden directamente a la realidad. Son ambiguos y dependen del contexto, compartiendo reglas de significado, diversas lógicas e interacciones sociales que son exclusivas de cada núcleo familiar en el que la persona enferma crece.

 

Las reglas del juego en el contexto familiar, permiten definir las interacciones significativas en las que las reglas condicionan y determinan el comportamiento de los individuos que conforman dicho núcleo familiar. Así, se define lo que constituye como acción significativa para cada sujeto, en un contexto y como determinan lo que tiene -o lo que no- significado para esa persona que padece dolor.

 

Las reglas, gobiernan el modo en como los individuos pensamos y actuamos en contextos sociales. Proporcionando diferentes dinámicas pragmáticas para atribuir significado a las interacciones, entre los sujetos con los cuales nos relacionamos y de los cuales aprendemos. Wittgenstein, a esto puso énfasis en que no es lo mismo seguir reglas, que interpretarlas y comprenderlas. En este sentido, nuestros pacientes no saben interpretar dichas reglas. Pero si a seguir aquellas que son inadaptadas y distorsionadas; de ahí su mal denominada cronificación.

 

Las reglas y la “lógica del juego” en consecuencia, son siempre constitutivas de patrones de conducta y no han de ser percibidas como formas a través de las cuales, poder ver el mundo. Estas reglas, se siguen sin reflexionar claro está, ya que el individuo las acompaña porque están ahí. Por nada más. La familia tiene tanto poder, que determina no reflexionar esas guías de conducta por parte de los hijos; de modo que se reproducen patrones comportamentales sin ningún tipo de crítica, por el simple hecho del poder que tienen los padres sobre los descendientes.

 

Si una persona decidiera sobre todo en esos años de desarrollo (adolescencia), ignorar las reglas del juego; no podría participar en la vida. Los seres humanos normalmente escogemos participar y seguir las reglas, sin necesidad de disponer de una reflexión consciente sobre el uso de las mismas.

 

Wittgenstein advirtió que uno ha de “mirar y ver” como las palabras, los enunciados y las acciones humanas adquieren significados específicos en un contexto especial determinado. Hemos de aprender a mirar, y esto es lo que en terapia los profesionales enseñamos a los pacientes.

 

Si se les explica esto que se ha señalado, el paciente es capaz de mirar, criticar y poner en duda lo que ha aprendido de modo des-adaptado en el contexto familiar y experiencial a lo largo de su proceso de aprendizaje y desarrollo en los primeros años de su vida.

 

Para Wittgenstein, conocer el significado de las palabras, del lenguaje, significa saber cómo utilizar estas herramientas de manera apropiada en un contexto social determinado y por tanto, conocer la gramática de ese “juego del lenguaje”. “Lo que justifica la verdad, los hechos y el significado de las palabras y los enunciados, reposa en formas de vida pública y compartida. No en el ámbito privado”. (Robinson, 2011)

 

 

5. Conclusiones

 

Tras este breve ensayo, espero haber ayudado a arrojar un poco de luz para hacer partícipe al lector, de la enorme importancia que el lenguaje posee a nivel de herramienta terapéutica, en el tratamiento de la persona que padece de dolor crónico.

 

Como se ha venido enfatizando a lo largo del trabajo, el lenguaje es un constructo social y cultural, que tiene en los núcleos más cercanos de la persona, la fuerza que convertirá a esta en un modelado no indeleble pero si maleable, de lo que podrá llegar a ser. El lenguaje, como espero haber hecho constatar, es entre otros factores condicionantes de la vida de la persona, un medio social que permite la interacción y comunicación entre los seres humanos.

 

Por ello, esa capacidad de comunicarse con sus congéneres, el ser comunicativo se convierte en ser social. Con ser social me refiero a esa capacidad de ser con el otro. En el acto de interacción, se indaga y se descubre a uno mismo aumentando el conocimiento de sí como individuo y como persona.

 

En esta misma línea, y siguiendo el hilo argumental de los primeros párrafos; se intenta atestiguar, como la relación con el otro, permite un conocimiento de uno mismo, y la grandeza de ello, viene dada por la interacción. Dicha interacción, solo puede ser llevada a cabo por medio del lenguaje como herramienta social simbólica de la comunicación.

 

Como argumenta Wittgenstein, el lenguaje ha sido aprendido socialmente teniendo un significado público dentro de las convenciones sociales y de uso natural. Sin embargo, al ser un carácter privado el del sufrimiento del dolor; los pacientes así aquejados, se remiten siempre a distorsiones en el acto comunicativo durante su desarrollo, mediante mensajes negativos que son aprendidos de padres a hijos, siendo estos últimos, los que pueden padecer en un alto porcentaje en la edad adulta de dolor crónico.

 

En este aspecto, cabe señalar como el segundo Wittgenstein argumenta que el leguaje no solo no es una representación de la práctica social, sino que es un conjunto de instrumentos. No solo constituye una mera representación del constructo cognitivo del individuo (Meyer 1911), sino que es un conjunto de herramientas que permite aproximarse al entendimiento del individuo. Por ello, como se ha podido constatar, el lenguaje forma parte del ser humano desde la noche de los tiempos. Este lenguaje, ha permitido poder mantener y engrandecer las relaciones entre los seres humanos, llegando a transformar a los grupos sociales.

 

El lenguaje, por tanto, ha permitido poder trascender a la propia lengua llegando a trasformar a la sociedad por medio de sus actos comunicativos. Pero esta comunicación, como base de la transmisión del conocimiento desde el entorno familiar primeramente; determina que una persona pueda padecer un dolor crónico en el futuro, por esa ingente cantidad de información que percibe el sujeto en su época de desarrollo; pudiendo determinar una distorsión cognitiva en la recepción e interpretación de ese lenguaje.

 

En consecuencia, al igual que el lenguaje se aprende y transmite, también se puede desaprender este tipo de padecimiento, si se trata de explicar primeramente, la neurobiología del dolor y segundo; como a través del lenguaje durante el desarrollo, fue el medio de conexión de esa información disruptiva a nivel cognitivo, derivando en el ulterior padecimiento.

 

En este sentido, durante la terapia, se aborda como los problemas de la lingüística podrían ser resueltos desde una perspectiva del lenguaje en términos lógicos, como algo consustancial a la naturaleza propia del lenguaje. Esto es lógico, si se piensa que la presentación de la realidad, como el lenguaje y el pensamiento, tienen la misma forma lógica. Por tanto, se intenta trabajar el lenguaje como fruto del pensamiento y viceversa. De modo que resulte una herramienta terapéutica eficaz, como se ha venido demostrando en estudios científicos de gran envergadura desde finales de los años ochenta.

 

En definitiva, y según palabras de Wittgenstein, se puede atisbar el complejo entramado que el lenguaje representa, pero como intrínsecamente existe un constructo social previo, donde el uso en los contextos culturales y sociales específicos, o los denominados por el autor como “formas de vida”; permiten la comunicación y entendimiento entre las personas, a pesar de que actualmente dudemos de la “capacidad” del lenguaje para permitir dicho entendimiento.

 

En conclusión, y como se ha pretendido trasladar al lector a lo largo de este trabajo; la palabra es una herramienta de enorme utilidad en el tratamiento del paciente con dolor crónico. El lenguaje, facilita en el padeciente a desdramatizar la experiencia privada del dolor. Y en consecuencia, a mejorar e incluso hacer desaparecer definitivamente sus síntomas.

 

 

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